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Posted by on Ago 26, 2013 in La Magic Line del K2, Valentín Giró

Manel logró unir su pasión por la montaña a su actividad profesional

Manel logró unir su pasión por la montaña a su actividad profesional

Manel de la Matta durante una de las jornadas de reconocimiento de la ruta

 

En junio del año 2004 un pequeño equipo de cinco alpinistas – Óscar Cadiach, Manel de la Matta, Jordi Tosas, Jordi Corominas y Valentín Giró – partimos, rumbo a Pakistán, con un gran sueño a cuestas: escalar el K2, la “Montaña de las montañas”, por la vía Magic Line. Con sus 8.611 metros de altura el K2 no es únicamente la segunda cumbre más alta de la tierra. Su desnivel y verticalidad la convierten en el único ochomil que permite divisar, desde el Campo Base, a un alpinista que esté situado en la misma cumbre. Se dice del K2, por su dimensiones, que es una montaña que empieza donde otras acaban. Estimado lector, a través de mi Blog quiero compartir contigo esta historia que ha marcado mi vida para siempre, por lo que viví y aprendí, pero, sobre todo por lo que en ella perdí. La historia de la Magic Line del K2 narra cómo cinco alpinistas que compartían unos valores se entregaron para hacer realidad un ambicioso sueño. Espero poder transmitirte fielmente todo esto y mucho más a lo largo de sucesivos posts que iré publicando.

Su pasión por el deporte y la montaña le llevó a participar en proyectos singulares

La verdad es que Manel era un alumno aventajado de la vida y también un gran maestro, generoso y siempre alentador. La docencia era su vocación y con ella se identificaba especialmente. Tenía un enorme talento para enseñar, seguramente porque lo tenía también para aprender; lo hacía con las ganas y la humildad de un niño, jamás llegué a ver en él una mirada arrogante. Me admiraba, además, su gran habilidad e inteligencia a la hora de dirigir proyectos, trabajar en equipo y manejar a los distintos grupos de interés con empatía y efectividad, orientándose a la acción y al logro de objetivos. Y en ese sentido Manel fue, y él mismo se consideró un hombre con suerte, ya que logró unir esas cualidades en su vida profesional y vincularlas directamente a su pasión por el deporte y la montaña.

Tras licenciarse en Ciencias Económicas, se formó en Estados Unidos en un postgrado de Sports Management, algo que le permitió incorporar novedosas ideas en docencia. Manel estuvo vinculado a diversos proyectos a lo largo de su vida y asumía cada trabajo con un entusiasmo y compromiso absolutos; se le veía vibrar con cada nuevo reto profesional, podía pasarse horas contándote sus planes, sus ideas, sus objetivos. Y se entregaba a ellos en cuerpo y alma, trabajaba durísimo y sufría cuando las cosas no iban bien, pero también tenía la gran cualidad de reconocer el momento de soltar amarras y mirar hacia nuevos horizontes. Uno ha que conocerse y respetarse mucho para ser capaz de aceptar que llega el momento de cambiar de dirección, y Manel en ese sentido era una de las pocas personas comprometidas y a la vez verdaderamente libres que he conocido. Él amaba y protegía como un tesoro esa libertad que le daba licencia para ser el autor de su propia vida. Manel no vivía para nada apegado al “tener”, sino al “ser” y también al “hacer”; dimensiones en las que profesaba una sana y envidiable coherencia.

Haciendo un breve repaso por su trayectoria, lo primero que recuerdo es el entusiasmo con que trabajó en la organización de los Juegos Olímpicos de Barcelona, en 1992. Dirigió después la entonces incipiente Escuela de Alta Montaña de Benasque y, más tarde, se enroló en un ambicioso proyecto, la dirección del Centro de Ecoturismo de Les Planes de Son, una iniciativa de Caixa Catalunya en el Pirineo de Lérida. Su último reto profesional le ilusionaba especialmente, como director del Centro de Formación de Técnicos de Montaña en la Escuela Pía de Sarriá, en Barcelona. Esa posición le confirmaba como un referente clave en el ámbito de la docencia de los profesionales de montaña y le daba la oportunidad de aplicar su experiencia y capacidades directivas para mejorar el diseño y la efectividad de unos planes de estudio que permitían, por fin en España, la homologación de esta formación para equipararla al nivel europeo. Con su buen criterio, absoluta implicación y grandes dosis de entusiasmo, Manel respaldó también otros proyectos e iniciativas sin ánimo de lucro, como la Fundació Muntanyencs per l’Himàlaia, dedicada a impulsar la salud y la educación en la región, como gesto de obligada gratitud — me decía Manel — hacia la buena gente con la que tantas y tantas veces había compartido momentos especiales en la gran cordillera del Himalaya.

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