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Posted by on Ago 23, 2013 in La Magic Line del K2, Valentín Giró

Mi encuentro con Manel de la Matta

Mi encuentro con Manel de la Matta

Manel de la Matta en Askhole, antes de comenzar la marcha de aproximación al Campo Base del K2

 

En junio del año 2004 un pequeño equipo de cinco alpinistas – Óscar Cadiach, Manel de la Matta, Jordi Tosas, Jordi Corominas y Valentín Giró – partimos, rumbo a Pakistán, con un gran sueño a cuestas: escalar el K2, la “Montaña de las montañas”, por la vía Magic Line. Con sus 8.611 metros de altura el K2 no es únicamente la segunda cumbre más alta de la tierra. Su desnivel y verticalidad la convierten en el único ochomil que permite divisar, desde el Campo Base, a un alpinista que esté situado en la misma cumbre. Se dice del K2, por su dimensiones, que es una montaña que empieza donde otras acaban. Estimado lector, a través de mi Blog quiero compartir contigo esta historia que ha marcado mi vida para siempre, por lo que viví y aprendí, pero, sobre todo por lo que en ella perdí. La historia de la Magic Line del K2 narra cómo cinco alpinistas que compartían unos valores se entregaron para hacer realidad un ambicioso sueño. Espero poder transmitirte fielmente todo esto y mucho más a lo largo de sucesivos posts que iré publicando.

Manel desprendía una energía especial y un entusiasmo contagioso

“La Magic Line es el espíritu del alpinismo genuino; reencontrar las sensaciones de explorar terrenos desconocidos, de buscar espacios de incertidumbre. La incertidumbre es importante en un mundo cada vez más previsible, donde la mayoría de nuestras acciones están programadas y calculadas con antelación”.

Manel de la Matta, Campo Base del K2, julio de 2004.

Con Manel compartíamos algo que no se concreta en una sola cosa pero que se sabe, se siente: una misma visión del sentido del alpinismo y de la vida en general; una mirada entusiasta hacia nuevos retos y una gran dosis de determinación para trazar nuestro propio camino. Recuerdo perfectamente el día en que nos conocimos, hace más de veinte años, en el Pirineo. Éramos jóvenes, los sueños de aventura nos corrían a ambos por las venas, y creo que esa pasión fue la que nos hizo conectar al instante. Aquel día me encontraba con un grupo de amigos probando por primera vez el vuelo en parapente y allí estaba Manel, nuestro monitor. Hay personas en las que percibes ya de entrada una energía especial y un entusiasmo contagioso. Manel era una de esas personas: su sonrisa, su forma de escuchar y sus gestos te acogían siempre con un cuidado muy especial y te hacían sentir muy próximo, muy cercano a él.

Corría entonces el año 1983 y él era ya un alpinista confirmado y audaz, pionero y sin duda muy polifacético, que disfrutaba viviendo de cerca la montaña de formas muy diversas: a través del alpinismo, el ciclismo de montaña, el descenso de barrancos y el excursionismo. Su fiebre aventurera le había llevado también a adentrarse en el mundo del vuelo libre en montaña, y fue él precisamente quien aquel primer día en que nos conocimos me enseñó a volar. Fue una experiencia que yo deseaba vivir desde hacía tiempo, llena de libertad, de movimiento, de belleza y de emoción; desde aquella primera vez ha estado para siempre vinculada a él en mi recuerdo, y me enorgullece que así sea. Cuando vuelvo ahora a pensar en esos inicios, me doy cuenta de que nunca es banal la primera vez que alguien que será importante para ti entra en tu vida. Manel fue desde ese día mi maestro y mi compañero en un largo y mágico vuelo, sobre un paisaje de ideales e ilusiones compartidas.

Desde ese primer encuentro nos fuimos conectando en salidas de montaña con esquís, en bicicleta, escalando y destrepando cañones y barrancos, o volando en parapente. Teníamos a penas veinticinco años y me atrevo a decir que fuimos unos pioneros entusiastas en ciertas actividades de montaña que, con el paso del tiempo y las mejoras técnicas, han evolucionado mucho, pero aquella fue sin duda una época gloriosa en la que garabateamos mil y un sueños de itinerarios y ascensiones. Desde el inicio me identifiqué con la visión abarcadora de la montaña que Manel tenía, con su espíritu profundo y humanista que le hacía vivir las aventuras y expediciones como una suma de experiencias y aprendizajes, tanto técnicos como culturales, personales y de equipo. La montaña era mucho más que la escalada escogida, era la historia y las narraciones de los alpinistas que la habían ascendido, su literatura, la fuerza de su naturaleza; los colores y formas de sus rocas, del agua, del hielo y el viento, el país; muchas veces Nepal, otras Tíbet, India o Pakistán, su pasado y su riqueza, también sus desafíos e interrogantes, su cultura y la vida y forma de pensar de sus gentes. Compartía con Manel un sentimiento de enorme gratitud por la riqueza que esas experiencias nos brindaban.

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