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Posted by on Nov 27, 2013 in La Magic Line del K2, Valentín Giró

Primeras impresiones de Valentín Giró a su llegada a Skardu

Primeras impresiones de Valentín Giró a su llegada a Skardu

La capital de los Territorios del Norte está en la frontera con Afganistán, China e India

 

En junio del año 2004 un pequeño equipo de cinco alpinistas – Óscar Cadiach, Manel de la Matta, Jordi Tosas, Jordi Corominas y Valentín Giró – partimos, rumbo a Pakistán, con un gran sueño a cuestas: escalar el K2, la “Montaña de las montañas”, por la vía Magic Line. Con sus 8.611 metros de altura el K2 no es únicamente la segunda cumbre más alta de la tierra. Su desnivel y verticalidad la convierten en el único ochomil que permite divisar, desde el Campo Base, a un alpinista que esté situado en la misma cumbre. Se dice del K2, por su dimensiones, que es una montaña que empieza donde otras acaban. Estimado lector, a través de mi Blog quiero compartir contigo esta historia que ha marcado mi vida para siempre, por lo que viví y aprendí, pero, sobre todo por lo que en ella perdí. La historia de la Magic Line del K2 narra cómo cinco alpinistas que compartían unos valores se entregaron para hacer realidad un ambicioso sueño. Espero poder transmitirte fielmente todo esto y mucho más a lo largo de sucesivos posts que iré publicando.

La capital de los Territorios del Norte está en la frontera con Afganistán, China e India

Skardu es una localidad bastante pequeña y es la capital administrativa de los Territorios del Norte, la región del país fronteriza con Afganistán, China e India, que alberga a algo más de un millón de habitantes de diversas etnias, la baltí entre ellas. Se trata de un pueblo de origen tibetano que emigró hace cinco siglos y que, habiendo adoptado la religión musulmana, mantiene todavía algunas de sus raíces tibetanas, lo que hace de ellos una cultura particular y rica.

Cuando aterrizas en Skardu todo eso te entra por los poros de la piel desde el primer minuto. Me recuerdo aquel día descendiendo del avión y pisando de nuevo tierra baltí, recuperando los colores y texturas de un paisaje que ya conocía pero que de nuevo me resultaba impactante y único; es como si las hendiduras de los ríos y cañones y las abruptas cumbres fueran las venas, nervaduras y músculos de un gigante durmiente.

La tierra es árida, desnuda, casi desértica. Tan sólo las diminutas manchas de pequeños cultivos salpican con algo de color un universo mineral de tonos ocres. Junto a esos prados se yerguen casas de adobe y piedra, generalmente de una o dos alturas, agrupadas buscando un resguardo común frente a la severidad del clima. Son viviendas muy austeras, generalmente inacabadas, que nos hablan de la precariedad de las gentes que las habitan.

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