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Posted by on Ago 28, 2013 in La Magic Line del K2, Valentín Giró

Un alpinista muy completo y con un liderazgo inspirador

Un alpinista muy completo y con un liderazgo inspirador

Manel de la Matta, Óscar Cadiach y Jordi Tosas en el Campo 2 (6.900 m), «Nido de Águilas»

 

En junio del año 2004 un pequeño equipo de cinco alpinistas – Óscar Cadiach, Manel de la Matta, Jordi Tosas, Jordi Corominas y Valentín Giró – partimos, rumbo a Pakistán, con un gran sueño a cuestas: escalar el K2, la “Montaña de las montañas”, por la vía Magic Line. Con sus 8.611 metros de altura el K2 no es únicamente la segunda cumbre más alta de la tierra. Su desnivel y verticalidad la convierten en el único ochomil que permite divisar, desde el Campo Base, a un alpinista que esté situado en la misma cumbre. Se dice del K2, por su dimensiones, que es una montaña que empieza donde otras acaban. Estimado lector, a través de mi Blog quiero compartir contigo esta historia que ha marcado mi vida para siempre, por lo que viví y aprendí, pero, sobre todo por lo que en ella perdí. La historia de la Magic Line del K2 narra cómo cinco alpinistas que compartían unos valores se entregaron para hacer realidad un ambicioso sueño. Espero poder transmitirte fielmente todo esto y mucho más a lo largo de sucesivos posts que iré publicando.

Manel de la Matta fue un líder natural y un escalador técnicamente extraordinario

En la montaña, Manel aunaba todas esas cualidades y capacidades con su pasión y su honestidad en la manera que tenía de entender el alpinismo. Una máxima le guiaba en sus proyectos de escalada: hacer rutas difíciles y comprometidas, y hacerlo de forma limpia, es decir, con un equipo pequeño y siempre que fuera posible en el estilo alpino que inauguró Reinhold Messner, con un mínimo impacto en la montaña, simplicidad logística y logrando el máximo rendimiento. Cuando hablabas de algo con Manel no tardaban mucho en aflorar sus sueños, sus nuevos proyectos y desafíos, cada vez con el listón más alto a medida que él iba acumulando experiencia: del Pirineo a los Alpes, luego a los Andes y finalmente al Himalaya. En pocos años Manel se había convertido en un escalador extraordinario técnicamente y de altísimo nivel en distintos terrenos: vías alpinas, hielo y roca, con unas competencias naturales de liderazgo y una gran capacidad organizativa; todo ello hacía de Manel un alpinista muy completo, único a mi parecer.

Pero si era buen escalador, Manel era aún mucho mejor como persona. Cualquiera con la suerte de haberlo conocido lo percibía al instante; Manel tenía una enorme capacidad para generarse amigos y construir relaciones de confianza. Y es curioso, porque es de las pocas personas de las que nunca oí hablar mal a nadie, en un mundo relativamente pequeño como es el del alpinismo de alto nivel no exento, a menudo, de críticas y controversias. Con Manel la opinión era unánime: un tipo generoso y cordial, de altísimo nivel, con una gran cabeza y un gran corazón y con una sencilla y contagiosa sonrisa. Siempre me fascinó ver cómo Manel generaba un río de amistad a su paso, dejaba amigos allá adonde fuese: siempre tenía alguien a quien visitar, gente muy diversa de todos los orígenes y condiciones.

Manel reunía todas esas cualidades y por eso para mí era más que un compañero de cordada. Recuerdo interminables conversaciones con él, pocas veces banales y en las que me sentía escuchado, cuidado yo diría, transmitiéndome siempre un gran respeto, empatía y una profunda comprensión. Tenía una habilidad innata, un don natural diría yo, para el liderazgo; sabía mejor que nadie cómo acompañarte, con una sencilla sonrisa, transformando tu propia ansiedad — a veces miedo — en confianza y seguridad, invitándote a dar lo mejor de ti mismo y a vivir cada instante con entusiasmo. Manel practicaba lo que pensaba y lo que decía con su propio ejemplo; era el primero en dar el paso al frente y esta coherencia y compromiso generaban una gran cohesión en el equipo. Su espíritu de aprendiz lo apartaba de la condescendencia y le hacía ver en los errores un regalo, una oportunidad de mejora y sabía ser crítico, empezando por sí mismo. Su mirada sobre la vida era noble y consciente, sólida y fluida al mismo tiempo como el mercurio, brillante y libre. Manel poseía un equilibrio excepcional, fruto de un profundo conocimiento de sí mismo y de su comunión con lo que más amaba: las montañas y la Vida.

Manel era, en síntesis, una persona muy especial, íntegra y leal en todos los sentidos. Cuando me habló del K2 y de la Magic Line nunca imaginé que sería la última aventura que compartiría con él. A pesar de todo no me arrepiento, como sé que tampoco él lo haría, pero aquí y ahora puedo decir lo mucho que le echo de menos, aunque sé que seguimos unidos soñando, caminando y escalando las montañas de la vida y las que están más allá de ella.

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