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Posted by on Nov 13, 2013 in La Magic Line del K2, Valentín Giró

Valentín Giró comenta la figura de Mail Runner

Valentín Giró comenta la figura de Mail Runner

Ikbal era nuestro “correo volador”, una figura de otros tiempos pero sin duda de gran ayuda

 

En junio del año 2004 un pequeño equipo de cinco alpinistas – Óscar Cadiach, Manel de la Matta, Jordi Tosas, Jordi Corominas y Valentín Giró – partimos, rumbo a Pakistán, con un gran sueño a cuestas: escalar el K2, la “Montaña de las montañas”, por la vía Magic Line. Con sus 8.611 metros de altura el K2 no es únicamente la segunda cumbre más alta de la tierra. Su desnivel y verticalidad la convierten en el único ochomil que permite divisar, desde el Campo Base, a un alpinista que esté situado en la misma cumbre. Se dice del K2, por su dimensiones, que es una montaña que empieza donde otras acaban. Estimado lector, a través de mi Blog quiero compartir contigo esta historia que ha marcado mi vida para siempre, por lo que viví y aprendí, pero, sobre todo por lo que en ella perdí. La historia de la Magic Line del K2 narra cómo cinco alpinistas que compartían unos valores se entregaron para hacer realidad un ambicioso sueño. Espero poder transmitirte fielmente todo esto y mucho más a lo largo de sucesivos posts que iré publicando.

Ikbal era nuestro “correo volador”, una figura de otros tiempos pero sin duda de gran ayuda

Lo primero que hicimos al llegar a Islamabad fue visitar al responsable de nuestra agencia local, que es a través de quien contratábamos los servicios de los porteadores hasta el Campo Base y el equipo de apoyo durante la escalada: el cocinero, su ayudante, el mail runner y dos porteadores de altura para ayudarnos a cargar material hasta el Campo I.

La figura del mail runner – el “correo volador” – es una reliquia de otros tiempos, cuando las expediciones no tenían sistema alguno de comunicación “con el mundo exterior”. Sin teléfono satélite ni ordenadores, lo que se hacía entonces era enviar la correspondencia y otros pedidos a cuestas de un joven veloz, que en menos de la mitad de días que hubiese empleado un alpinista occidental, corría desde el Campo Base, glaciar abajo, hasta la primera aldea con acceso de pista rodada. Una vez allí, continuaba su periplo hasta la ciudad, desde donde enviaba a Occidente toda la correspondencia. Si todo marchaba bien, en cuestión de dos o tres semanas la comunicación llegaba a su destino.

De igual modo, nosotros contratamos los servicios de Ikbal, nuestro joven correo, para asegurarnos que el material de video que íbamos a grabar en el K2 llegaba de forma regular y en buenas condiciones a los estudios de TVC en Barcelona. Según el plan, cada tres semanas y media, Ikbal descendería desde nuestro Campo Base por el glaciar del Baltoro – corriendo como una bala –, alcanzando en apenas tres días la aldea de Askole. Un todo terreno lo llevaría entonces hasta la ciudad de Skardu, en un día más de ruta para continuar, tras una breve parada, hacia Islamabad por la conocida Karakorum Highway. Tras consignar el envío en el aeropuerto, regresaría entonces de nuevo a los pies del K2, en una semana aproximadamente. Lejos de ver su trabajo como algo extenuante, Ikbal lo asumía con entusiasmo y orgullo, al reconocer el valor que para nosotros tenía la liviana carga que llevaba a sus espaldas.

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