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Posted by on Dic 2, 2013 in La Magic Line del K2, Valentín Giró

Valentín Giró describe la etapa de descanso en Paiju (3.480 m)

Valentín Giró describe la etapa de descanso en Paiju (3.480 m)

Es el último campamento con vegetación antes de comenzar a pisar los hielos del Baltoro

 

En junio del año 2004 un pequeño equipo de cinco alpinistas – Óscar Cadiach, Manel de la Matta, Jordi Tosas, Jordi Corominas y Valentín Giró – partimos, rumbo a Pakistán, con un gran sueño a cuestas: escalar el K2, la “Montaña de las montañas”, por la vía Magic Line. Con sus 8.611 metros de altura el K2 no es únicamente la segunda cumbre más alta de la tierra. Su desnivel y verticalidad la convierten en el único ochomil que permite divisar, desde el Campo Base, a un alpinista que esté situado en la misma cumbre. Se dice del K2, por su dimensiones, que es una montaña que empieza donde otras acaban. Estimado lector, a través de mi Blog quiero compartir contigo esta historia que ha marcado mi vida para siempre, por lo que viví y aprendí, pero, sobre todo por lo que en ella perdí. La historia de la Magic Line del K2 narra cómo cinco alpinistas que compartían unos valores se entregaron para hacer realidad un ambicioso sueño. Espero poder transmitirte fielmente todo esto y mucho más a lo largo de sucesivos posts que iré publicando.

Es el último campamento con vegetación antes de comenzar a pisar los hielos del Baltoro

Al tercer día de marcha hicimos una jornada de descanso en Paiju (3.480 m), último campamento con vegetación antes de comenzar a pisar los hielos del Baltoro. Este lugar descansa al pie de una impresionante pared que se eleva hasta los 6.610 m dando nombre al monte Paiju. “Es como si justo encima nuestro tuviéramos una altura equivalente a siete “Tibidabos”, puesto uno encima del otro” – anotamos el día 12 de junio en el Diario de Expedición.

Aquel día, los porteadores descansaron protegidos del sol bajo los árboles y aprovecharon para lavar algo de ropa, en un ambiente activo pero relajado, apurando los últimos momentos de confort, fuera aún del frío y cortante hielo del glaciar que nos esperaba. Dedicaron también ese día a sacrificar alguna gallina y alguna cabra, cuya carne sería su fuente única de proteína en los días siguientes, además de llevar también consigo algo de mantequilla, tomates, cebolla seca, azúcar, leche en polvo y su bebida oficial: el te caliente. Nuestra dieta era más apetitosa a nuestro paladar, gracias al oficio de nuestro cocinero Fidha, que ya estaba mostrando todo lo generoso y creativo que probaría ser con pocos ingredientes y escasos recursos.

Al anochecer, ese mismo día anotamos en nuestro Diario: “Esta tarde un porteador se ha despedido de nosotros. Tiene una herida en la pierna y no puede proseguir la marcha. El shirdar le ha pagado el salario proporcional a los días trabajados y nosotros le hemos dado la propina que suelen recibir al llegar al campo Base. El regreso de este hombre nos ha llevado a pensar sobre las condiciones de trabajo de los porteadores baltís. Le preguntamos a nuestro shirdar sobre el seguro de estas gentes. Nos comenta que la agencia local tiene un seguro contratado que va de 10.000 a 50.000 rupias – entre 20 y 100 Euros –, en caso de muerte o de accidente con secuelas de invalidez permanente. Además, el concepto de seguro social es inexistente; los porteadores han de procurar conservar su salud y forma física para trabajar durante la temporada de expediciones y llevar un dinero a casa imprescindible para pasar el crudo invierno y llegar hasta el verano siguiente”.

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