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Posted by on Feb 20, 2014 in La Magic Line del K2, Valentín Giró

Valentín Giró explica cómo Óscar y Manel abortaron su ataque a cumbre

Valentín Giró explica cómo óscar y manel abortaron su ataque a la cumbre

Las nubes envuelven las paredes superiores del K2 (8.611 m) mientras atardece y el sol comienza a ocultarse tras la cara Oeste de la montaña (Izq. de la foto).

 

En junio del año 2004 un pequeño equipo de cinco alpinistas – Óscar Cadiach, Manel de la Matta, Jordi Tosas, Jordi Corominas y Valentín Giró – partimos, rumbo a Pakistán, con un gran sueño a cuestas: escalar el K2, la “Montaña de las montañas”, por la vía Magic Line. Con sus 8.611 metros de altura el K2 no es únicamente la segunda cumbre más alta de la tierra. Su desnivel y verticalidad la convierten en el único ochomil que permite divisar, desde el Campo Base, a un alpinista que esté situado en la misma cumbre. Se dice del K2, por su dimensiones, que es una montaña que empieza donde otras acaban. Estimado lector, a través de mi Blog quiero compartir contigo esta historia que ha marcado mi vida para siempre, por lo que viví y aprendí, pero, sobre todo por lo que en ella perdí. La historia de la Magic Line del K2 narra cómo cinco alpinistas que compartían unos valores se entregaron para hacer realidad un ambicioso sueño. Espero poder transmitirte fielmente todo esto y mucho más a lo largo de sucesivos posts que iré publicando.

Lejos de ser un abandono, fue una demostración de lo más importante en un alpinista

Afortunadamente, aquel viento que golpeaba el Espolón de los Abruzzos no llegó a alcanzar la Magic Line y Óscar, Manel y Coro salieron de la tienda-vivac a las tres y media de la madrugada, con el objetivo de culminar la escalada y hollar la cumbre del K2. Escalaron juntos durante más de seis horas. Fue transcurrido ese tramo de la vía cuando Óscar, hacia las diez de la mañana y a 8.300 m de altura, dijo que no era su día y que se daba la vuelta; el tremendo desgaste de casi una semana continuada en altura hicieron mella en él y, cansado y apenado, decidió con buen criterio descender hasta el Campo III del “Púlpito”. Óscar recordaría más tarde ese momento con estas palabras: “Uno debía ser autosuficiente; no podía poner en peligro a las otras personas… si hay un momento de duda en tu cerebro es en este momento, a 8.300 m, cuando yo lo tengo y comienzo a bajar”.

Tras despedirse de Óscar, Manel y Coro continuaron hacia arriba, progresando a buen ritmo. Pero al cabo de una hora, sobre las once de la mañana, Manel decidió detenerse. La molestia que sentía en su pecho y que él atribuía a un principio de edema pulmonar, lejos de disminuir seguía aumentado y le causaba una opresión muy preocupante al respirar. Manel sabía mejor que nadie que así no podía continuar; no sólo incurría él en un grave riesgo sino que ponía también en peligro a Coro. Perdiendo altura y bajando hasta el Campo III, pensó, la opresión que sentía en su pecho debía ir desapareciendo.

Los gestos de retirada de Manel y Óscar, lejos de ser un abandono, fueron una demostración de lo más importante en un alpinista: saber reconocer sus propios límites en una situación extrema, y anteponer – con honestidad y generosidad – el buen criterio y la experiencia a los embates del ego, actuando con responsabilidad para no poner en riesgo la propia vida y la de los compañeros. Precisamente en 1992, en el transcurso de una expedición al Everest, Manel decidió también darse la vuelta a escasos metros de la cumbre, al comprobar que había agotado las baterías de su lámpara frontal. Esta decisión, tan dura y difícil de tomar cuando se está a punto de alcanzar el “Techo del Mundo”, indica una forma de ser y de hacer en la montaña donde el ejercicio de la responsabilidad es la verdadera medida del éxito.

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