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Posted by on Mar 14, 2014 in La Magic Line del K2, Valentín Giró

Valentín Giró explica los dramáticos momentos en la «Magic Line» del K2

Valentín Giró explica los dramáticos momentos en la Magic Line del K2

“Help Negrotto! Help Negrotto!”, el mensaje de Óscar lo decía todo: estaban en apuros muy serios y necesitaban ayuda urgentemente

 

En junio del año 2004 un pequeño equipo de cinco alpinistas – Óscar Cadiach, Manel de la Matta, Jordi Tosas, Jordi Corominas y Valentín Giró – partimos, rumbo a Pakistán, con un gran sueño a cuestas: escalar el K2, la “Montaña de las montañas”, por la vía Magic Line. Con sus 8.611 metros de altura el K2 no es únicamente la segunda cumbre más alta de la tierra. Su desnivel y verticalidad la convierten en el único ochomil que permite divisar, desde el Campo Base, a un alpinista que esté situado en la misma cumbre. Se dice del K2, por su dimensiones, que es una montaña que empieza donde otras acaban. Estimado lector, a través de mi Blog quiero compartir contigo esta historia que ha marcado mi vida para siempre, por lo que viví y aprendí, pero, sobre todo por lo que en ella perdí. La historia de la Magic Line del K2 narra cómo cinco alpinistas que compartían unos valores se entregaron para hacer realidad un ambicioso sueño. Espero poder transmitirte fielmente todo esto y mucho más a lo largo de sucesivos posts que iré publicando.

“Help Negrotto! Help Negrotto!”, el mensaje de Óscar lo decía todo: estaban en apuros muy serios y necesitaban ayuda urgentemente

“Al final, lo que importa no son los años de vida, sino la vida de los años”.

Abraham Lincoln (1808-1865)

Pero la fiesta de celebración de nuestra cumbre en la «Magic Line» del K2 no llegó a celebrarse. A las seis de la tarde, justo al llegar con Coro al CB, escuchamos por el radiotransmisor un dramático “Help Negrotto! Help Negrotto!”. El mensaje era de Óscar desde el Campo I, emitido con una radio sin apenas batería, y con esas palabras lo decía todo: estaban en apuros muy serios y necesitaban ayuda urgentemente. Fue un gran mazazo; en cuestión de minutos pasamos de la alegría a una profunda preocupación. Había que salir cuanto antes hacia arriba para intentar llegar al Campo I: cambio de ropa, preparar mochilas, cargar agua, medicamentos y en marcha.

Eran las nueve de la noche cuando comencé a caminar, con paso rápido y el corazón a cien y en un puño. Empezaba a nevar con intensidad y el haz de luz de la frontal quedaba reducido a tan sólo unos metros. Ghulam me acompañaba, pero al adentrarnos en el glaciar Filippi se negó a continuar. Era de noche, nevaba con fuerza y pudimos oír más arriba el eco atronador de varias avalanchas que purgaban la nieve reciente acumulada. Ghulam sintió pánico, tal vez no más del que sentía yo, pero nuestra situación era muy distinta. Yo le necesitaba para atravesar el glaciar, convertido con la nevada en una trampa mortal, y para escalar el corredor Negrotto.

Quería llegar cuanto antes junto a mis compañeros para ayudarles, pero sabía que si no me encordaba a Ghulam disparaba el riesgo de accidente, ya que progresar en solitario en esas condiciones es como jugar a la ruleta rusa. Para él se trataba de una situación de riesgo que estaba muy por encima de lo que había aceptado cuando le contratamos. Fueron instantes de una gran tensión, de nerviosismo, de súplicas y negociaciones atropelladas por la angustia y el apremio. Finalmente Ghulam aceptó subir conmigo si volvíamos antes al CB y aguardábamos unas horas a que dejara de nevar. Sabía que el tiempo no iba a mejorar, sino todo lo contrario, pero no tuve más remedio que acceder.

Pasada la medianoche llegamos de nuevo a las tiendas del CB y transcurrieron tres horas, en las que no pude estarme quieto ni dejar de pensar en mis compañeros, “¿Qué problemas estaban teniendo allí arriba?”. Lo intentaba una y otra vez pero no podía conectar por radio, nada, ni una leve señal; se habían quedado definitivamente sin baterías. “Serán probablemente los síntomas de edema que Manel sufría”, pensé como hipótesis; “reaccionará rápidamente al medicamento y lo bajaremos cuanto antes al Base, donde se recuperará”. La cabeza me daba vueltas y más vueltas: “¿Será alguna otra cosa? ¿Habrá sufrido alguno de ellos una caída durante el descenso?”.

Muy nervioso, saqué a Ghulam de su saco y hacia las cuatro de la mañana dejábamos de nuevo el CB; seguía nevando y allí arriba, en la montaña, seguían cayendo una tras otra las avalanchas de nieve reciente. Pero esta vez no podíamos dar vuelta atrás; y seguramente Ghulam al ver mi estado supo que no estaba dispuesto a renunciar, y así avanzamos, encordados uno al otro, a través del glaciar, en silencio y con el miedo cargado a las espaldas, anudado al cuello.

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