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Posted by on Feb 6, 2014 in La Magic Line del K2, Valentín Giró

Valentín Giró habla de la partida del CB de casi todas las expediciones

Valentín Giró habla de la partida del CB de casi todas las expediciones

A finales del mes de julio, el Campo Base (CB) del K2 se había quedado casi desierto

 

En junio del año 2004 un pequeño equipo de cinco alpinistas – Óscar Cadiach, Manel de la Matta, Jordi Tosas, Jordi Corominas y Valentín Giró – partimos, rumbo a Pakistán, con un gran sueño a cuestas: escalar el K2, la “Montaña de las montañas”, por la vía Magic Line. Con sus 8.611 metros de altura el K2 no es únicamente la segunda cumbre más alta de la tierra. Su desnivel y verticalidad la convierten en el único ochomil que permite divisar, desde el Campo Base, a un alpinista que esté situado en la misma cumbre. Se dice del K2, por su dimensiones, que es una montaña que empieza donde otras acaban. Estimado lector, a través de mi Blog quiero compartir contigo esta historia que ha marcado mi vida para siempre, por lo que viví y aprendí, pero, sobre todo por lo que en ella perdí. La historia de la Magic Line del K2 narra cómo cinco alpinistas que compartían unos valores se entregaron para hacer realidad un ambicioso sueño. Espero poder transmitirte fielmente todo esto y mucho más a lo largo de sucesivos posts que iré publicando.

A finales del mes de julio, el Campo Base (CB) del K2 se había quedado casi desierto

El 5 de agosto anotábamos en nuestro Diario: “La Magic Line es, con toda seguridad, la vía más técnica y exigente del K2. Esto hace que la “ventana” mínima de buen tiempo que necesitamos para intentar, con seguridad, un ataque a cumbre sea de unos cuatro días. Esta “ventana”, que aún no nos ha llegado, será la oportunidad que tendremos para atacar la cumbre. Si nos llega la aprovecharemos a fondo; hemos trabajado muy duro hasta ahora en la vía y sabemos que nos queda aún lo más complicado: superar los 1.100 metros de desnivel que separan el Campo III del “Púlpito” de la cumbre del K2. Y lo haremos en estilo alpino, es decir, sin cuerdas fijas, escalando lo más rápidamente posible, montando una tienda ligera de ataque a unos 8.100 metros y haciendo probablemente uno o dos vivacs a gran altura”.

Los primeros días de agosto sufrimos intensas nevadas acompañadas de fuertes vientos en altura, con mucha humedad y niebla: el peor de los escenarios. Tras los ataques a cumbre de otras expediciones por la vía de Abruzzos, del 26 al 28 de julio, el CB se había quedado casi desierto; solo nos estábamos nosotros y una expedición japonesa. En aquellos días, el mal tiempo nos acompañó en las despedidas de las expediciones con las que más habíamos convivido y de los nuevos amigos que habíamos hecho en el CB. Por un lado, sentíamos la alegría de haber compartido con ellos tantos momentos y agradecíamos los ánimos que nos daban para seguir adelante; por el otro, acusamos también la melancolía que acompañaba a la sensación de vacío que dejaban, en la inmensidad de aquel espacio en el que nosotros nos quedábamos y que, envuelto en niebla e incertidumbre, se hacía difícil de abarcar.

Puedo cerrar los ojos ahora y ver el CB envuelto en aquellos días grises y húmedos. Casi noto en mi piel aquella sensación de intenso frío que te calaba los huesos, veo la imagen difusa de la montaña oculta por las nubes y siento el sonido permanente del viento, la dureza glacial del hielo a mis pies, el techo de la tienda sobre mi cabeza y la pantalla del ordenador como única ventana abierta al mundo y a la esperanza de un parte meteorológico favorable.

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