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Posted by on Dic 19, 2013 in La Magic Line del K2, Valentín Giró

Valentín Giró habla del glaciar Filippi y el corredor Negrotto

Valentín Giró habla del glaciar Filippi y el corredor Negrotto

Por sus riesgos objetivos eran dos sectores muy delicados de la vía Magic Line

 

En junio del año 2004 un pequeño equipo de cinco alpinistas – Óscar Cadiach, Manel de la Matta, Jordi Tosas, Jordi Corominas y Valentín Giró – partimos, rumbo a Pakistán, con un gran sueño a cuestas: escalar el K2, la “Montaña de las montañas”, por la vía Magic Line. Con sus 8.611 metros de altura el K2 no es únicamente la segunda cumbre más alta de la tierra. Su desnivel y verticalidad la convierten en el único ochomil que permite divisar, desde el Campo Base, a un alpinista que esté situado en la misma cumbre. Se dice del K2, por su dimensiones, que es una montaña que empieza donde otras acaban. Estimado lector, a través de mi Blog quiero compartir contigo esta historia que ha marcado mi vida para siempre, por lo que viví y aprendí, pero, sobre todo por lo que en ella perdí. La historia de la Magic Line del K2 narra cómo cinco alpinistas que compartían unos valores se entregaron para hacer realidad un ambicioso sueño. Espero poder transmitirte fielmente todo esto y mucho más a lo largo de sucesivos posts que iré publicando.

Por sus riesgos objetivos eran dos sectores muy delicados de la vía Magic Line

El glaciar Fillipi es una imponente, resquebrajada y laberíntica masa de hielo en movimiento, con profundas grietas que debíamos sortear con muchísimo cuidado, asegurando varios tramos con cuerdas fijas y marcando algunos puntos críticos con banderas para facilitar las idas y venidas que tendríamos que hacer, pasando por ese lugar constantemente, durante toda la expedición. Las grietas podían convertirse en trampas mortales, especialmente cuando las intensas nevadas las ocultaban y el movimiento permanente del hielo del glaciar nos obligaba a rehacer una y otra vez algunas partes del recorrido. Superado el glaciar, accedíamos al corredor Negrotto, una pared muy expuesta y que nos exigía máxima atención, especialmente después de las nevadas.

Escalábamos aguzando los cinco sentidos, atentos a cualquier movimiento o sonido que nos alertase de caídas de piedras o roturas de placas de hielo y mirando siempre hacia arriba, con el corazón en un puño. Hablábamos muy poco en este tramo, lo justo para realizar las maniobras, deseando salir de una vez por arriba, descargar nuestra tensión y respirar tranquilos. Era un tiempo detenido, un paréntesis de alto riesgo durante el que debíamos estar siempre vigilantes. Yo solía concentrarme en cada paso, apartando pensamientos limitadores y tomándome esa fase de la escalada como una meditación, un ejercicio de vaciado de la mente y de conexión con mi cuerpo, la montaña y mis compañeros.

Durante los veinte días que invertimos en lograr montar el Campo I, fuimos también participando poco a poco de la vida del CB y de la relación con conocidos de otras expediciones, además de con algunos periodistas enviados a la zona. Estos momentos de relación se producían a menudo en los intervalos en los que el mal tiempo no nos permitía trabajar en la montaña, y eso ocurre a menudo en el K2 – registramos, al concluir la expedición, casi un 70% de días desfavorables –. Además del espacio diario que dedicábamos a nuestro trabajo de comunicaciones (edición de video, envío de las crónicas y contacto con nuestros familiares y amigos), en esos primeros días tuvimos ocasión de ir entrando en contacto con el resto de las expediciones que iban llegando y que convirtió el CB en una verdadera ciudad multicultural, un río de tiendas acampadas a lo largo del glaciar.

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