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Posted by on Mar 19, 2014 in La Magic Line del K2, Valentín Giró

Valentín Giró narra cómo la tragedia golpeó a la expedición

Valentín Giró narra cómo la tragedia golpeó a la expedición

En pocas horas nuestra euforia y alegría se habían transformado en un profundo duelo; una maldita y violenta infección nos acababa de arrebatar a Manel de la Matta

 

En junio del año 2004 un pequeño equipo de cinco alpinistas – Óscar Cadiach, Manel de la Matta, Jordi Tosas, Jordi Corominas y Valentín Giró – partimos, rumbo a Pakistán, con un gran sueño a cuestas: escalar el K2, la “Montaña de las montañas”, por la vía Magic Line. Con sus 8.611 metros de altura el K2 no es únicamente la segunda cumbre más alta de la tierra. Su desnivel y verticalidad la convierten en el único ochomil que permite divisar, desde el Campo Base, a un alpinista que esté situado en la misma cumbre. Se dice del K2, por su dimensiones, que es una montaña que empieza donde otras acaban. Estimado lector, a través de mi Blog quiero compartir contigo esta historia que ha marcado mi vida para siempre, por lo que viví y aprendí, pero, sobre todo por lo que en ella perdí. La historia de la Magic Line del K2 narra cómo cinco alpinistas que compartían unos valores se entregaron para hacer realidad un ambicioso sueño. Espero poder transmitirte fielmente todo esto y mucho más a lo largo de sucesivos posts que iré publicando.

En pocas horas nuestra euforia y alegría se habían transformado en un profundo duelo

Tras unos primeros instantes de bloqueo, Óscar pudo explicarme mejor la situación. Aún sin comprender las causas, Manel había muerto, la presión en el abdomen de la que se empezó a quejar al llegar al Campo I fue incrementándose, hasta el punto de impedirle respirar; su vientre se había quedado rígido como una tabla tras horas de fuertes dolores, y su lucha había terminado. Óscar había estado siempre a su lado, ayudándole a beber y a comer, dándole calor y apoyo hasta el final. “No Óscar, no es posible, esto no es posible, Manel sigue allí arriba y lo vamos a bajar, ¡vamos a seguir hasta el Campo I!”. Y entonces se hizo el silencio, un largo espacio donde sólo oíamos nuestra agotada y nerviosa respiración. Entonces comprendí que había una realidad terrible que aceptar y que lo cambiaba todo, que aquella maravillosa montaña de nuestros sueños nos había ofrecido el éxito más dulce a cambio de la pérdida más dolorosa.

Estábamos en una pared del corredor, asegurados con cuerdas y expuestos a un alto riesgo de avalanchas, así que tuvimos que ponernos en marcha para descender cuanto antes. En silencio, cada uno con nuestro dolor y nuestro vacío, bajamos encordados por última vez la Magic Line, avanzando metro a metro hasta el CB. Me movía lentamente, encerrado en mí mismo, atrapado por mil interrogantes, me sentía fuera de la realidad. Mi cuerpo seguía descendiendo pero yo no estaba allí, estaba junto a Manel, hablándole, en la tienda del Campo I: “Vamos Manel, venga, ¡arriba amigo! volvamos juntos al Base”, pero Manel me respondía: “No Valen, esta vez no, no puedo moverme; no voy a poder bajar”.

Cuando finalmente llegamos al CB, nos lanzamos a los brazos de Coro y lloramos, simplemente lloramos para intentar paliar el dolor. La pérdida de Manel vestía de luto nuestra cumbre. Era jueves, 19 de agosto de 2004, y en muy pocas horas nuestra euforia y alegría se habían transformado en un profundo duelo, tras el peor imprevisto, la irreparable tragedia, que esperó al último momento para golpearnos. Y no podíamos culpar a la montaña ni a nadie. Era así, desolador, sin más.

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