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Posted by on Dic 3, 2013 in La Magic Line del K2, Valentín Giró

Valentín Giró recorre el glaciar de Baltoro con el equipo de la Magic Line

Valentín Giró recorre el glaciar de Baltoro con el equipo de la Magic Line

Este rincón del Karakorum está considerado como un santuario del alpinismo

 

En junio del año 2004 un pequeño equipo de cinco alpinistas – Óscar Cadiach, Manel de la Matta, Jordi Tosas, Jordi Corominas y Valentín Giró – partimos, rumbo a Pakistán, con un gran sueño a cuestas: escalar el K2, la “Montaña de las montañas”, por la vía Magic Line. Con sus 8.611 metros de altura el K2 no es únicamente la segunda cumbre más alta de la tierra. Su desnivel y verticalidad la convierten en el único ochomil que permite divisar, desde el Campo Base, a un alpinista que esté situado en la misma cumbre. Se dice del K2, por su dimensiones, que es una montaña que empieza donde otras acaban. Estimado lector, a través de mi Blog quiero compartir contigo esta historia que ha marcado mi vida para siempre, por lo que viví y aprendí, pero, sobre todo por lo que en ella perdí. La historia de la Magic Line del K2 narra cómo cinco alpinistas que compartían unos valores se entregaron para hacer realidad un ambicioso sueño. Espero poder transmitirte fielmente todo esto y mucho más a lo largo de sucesivos posts que iré publicando.

Este rincón del Karakorum está considerado como un santuario del alpinismo

Al sereno día en Paiju le siguió una noche que se llenó de cantos y bailes baltís – su fórmula preferida de socializar –, con risas y gritos que preparaban los ánimos para enfrentar la parte más dura del recorrido. Al día siguiente nos adentrábamos ya en el glaciar del Baltoro y nos quedaban aún por recorrer unos 60 km de hielo en constante movimiento, un recorrido de ensueño rodeados de altísimas montañas: Uli Biaho, Catedrales del Trango, Gasherbrum IV, Broad Peak, etc. No en vano este rincón del Karakorum está considerado como un santuario del alpinismo. A partir de ese día dejamos de ver y de oler la vegetación; nuestros sentidos se fueron adaptando a la fuerza del helado y superlativo mundo mineral del Karakorum. La fuerza de la luz, la brusquedad de los cambios térmicos, el crujir del hielo al anochecer, el sobrecogedor ruido de los desprendimientos y los aludes rompiendo el silencio de los días y las noches, la pérdida del olfato a medida que se va ganando altura y las montañas emergiendo poco a poco, como aguardando nuestra llegada. Este espectacular recorrido hasta el Campo Base del K2 tuvo un fuerte componente introspectivo, fue un proceso de diálogo interior de cada uno de nosotros con la montaña, entregándonos poco a poco a nuestro particular pacto con ella.

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