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Posted by on Feb 7, 2014 in La Magic Line del K2, Valentín Giró

Valentín Giró recuerda las visitas más especiales al Campo Base del K2

Valentín Giró recuerda las visitas más especiales en el campo base del K2

Óscar se llenó de energía con la visita de sus hijas y disfrutó esos momentos de felicidad

 

En junio del año 2004 un pequeño equipo de cinco alpinistas – Óscar Cadiach, Manel de la Matta, Jordi Tosas, Jordi Corominas y Valentín Giró – partimos, rumbo a Pakistán, con un gran sueño a cuestas: escalar el K2, la “Montaña de las montañas”, por la vía Magic Line. Con sus 8.611 metros de altura el K2 no es únicamente la segunda cumbre más alta de la tierra. Su desnivel y verticalidad la convierten en el único ochomil que permite divisar, desde el Campo Base, a un alpinista que esté situado en la misma cumbre. Se dice del K2, por su dimensiones, que es una montaña que empieza donde otras acaban. Estimado lector, a través de mi Blog quiero compartir contigo esta historia que ha marcado mi vida para siempre, por lo que viví y aprendí, pero, sobre todo por lo que en ella perdí. La historia de la Magic Line del K2 narra cómo cinco alpinistas que compartían unos valores se entregaron para hacer realidad un ambicioso sueño. Espero poder transmitirte fielmente todo esto y mucho más a lo largo de sucesivos posts que iré publicando.

Óscar se llenó de energía con la visita de sus hijas y disfrutó esos momentos de felicidad

Durante nuestra expedición recibimos también visitas muy especiales. La primera de ellas de ellas fue la de las hijas de Óscar, Júlia y Oda, que llegaron con un grupo de amigos hasta el CB y pasaron dos días con nosotros. Óscar se llenó de energía con su visita, disfrutando de esos momentos de felicidad y orgullo junto a sus hijas. Oda, la menor de ellas, nació justo cuando Óscar alcanzaba la cumbre del Everest en 1985, con la primera expedición catalana que lo lograba. Nos contaba que al bajar de cumbre, y casi sin descansar, salió volando hacia casa desde Tibet para poder conocer a Oda y estar con su mujer.

Con este grupo debía llegar también mi padre, que había viajado hasta Pakistán con la intención de encontrarse conmigo en el CB. Para mí era una oportunidad única y un encuentro muy esperado, a los pies del K2 y con todo listo para lanzar nuestro ataque a cumbre. Pero, desgraciadamente, en Urdukas y a tres días de marcha del CB, un compañero suyo comenzó a sufrir mal agudo de montaña y fue necesario evacuarlo en helicóptero hasta Skardu, y mi padre partió junto a él y sus otros amigos. A las puertas del encuentro nos quedamos sin poder hacer realidad nuestro sueño de abrazarnos al pie del K2. Imaginé ese helicóptero partiendo de Urdukas, pero la tranquilidad de saber que así se solventaba la situación no aplacaba una incómoda insatisfacción, ya que me costaba aceptar cómo la posibilidad de un encuentro así, irrepetible, se nos había escapado de las manos.

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