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Posted by on Dic 13, 2013 in La Magic Line del K2, Valentín Giró

Valentín Giró rememora las primeras noches en el campo base del K2

Valentín Giró rememora las primeras noches en el campo base del K2

La edad de estos gigantes de piedra invita a reflexionar sobre nuestra propia impermanencia

 

En junio del año 2004 un pequeño equipo de cinco alpinistas – Óscar Cadiach, Manel de la Matta, Jordi Tosas, Jordi Corominas y Valentín Giró – partimos, rumbo a Pakistán, con un gran sueño a cuestas: escalar el K2, la “Montaña de las montañas”, por la vía Magic Line. Con sus 8.611 metros de altura el K2 no es únicamente la segunda cumbre más alta de la tierra. Su desnivel y verticalidad la convierten en el único ochomil que permite divisar, desde el Campo Base, a un alpinista que esté situado en la misma cumbre. Se dice del K2, por su dimensiones, que es una montaña que empieza donde otras acaban. Estimado lector, a través de mi Blog quiero compartir contigo esta historia que ha marcado mi vida para siempre, por lo que viví y aprendí, pero, sobre todo por lo que en ella perdí. La historia de la Magic Line del K2 narra cómo cinco alpinistas que compartían unos valores se entregaron para hacer realidad un ambicioso sueño. Espero poder transmitirte fielmente todo esto y mucho más a lo largo de sucesivos posts que iré publicando.

La edad de estos gigantes de piedra invita a reflexionar sobre nuestra propia impermanencia

Nuestro Campamento Base, una vez instalado, requeriría además de un trabajo periódico de mantenimiento y “reconstrucción”, dado que al estar asentado sobre un río de hielo en lento movimiento, el paso de los días hacía que las tiendas se vieran desplazadas y desaplomadas, lo que hacía necesario montarlas y fijarlas de nuevo. Vivir sobre esa masa de hielo que, al caer la noche cruje al contraerse por el descenso térmico, es una experiencia a la que llegas a acostumbrarte y de la que nunca te olvidas. A pesar de los aislantes de protección, sentía a menudo los pies fríos y al dormir enfundado dentro del saco escuchaba absorto el crepitar profundo del hielo, como si de un ser vivo se tratase.

A veces, de noche, asomaba mi cabeza fuera de la tienda, como un crío inquieto que se despierta buscando algo en la oscuridad de su habitación. Contemplando la silueta de estos gigantes de piedra pensaba en algo que siempre me ha atraído acerca de las montañas: su edad y su permanencia; allí están desde el origen de todo y ahí seguirán para siempre. Nosotros, dueños de una vida breve y de un tiempo efímero, nos acercamos a ellas preguntándonos ¿Qué hombres las han contemplado? ¿Qué otros las anhelarán? En ellas no sólo proyectamos nuestros sueños, sino que también tomamos consciencia de nuestra propia impermanencia.

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